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Parábola actualizada del rico Epulón

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Había una vez un hombre muy rico, llamado Epulón, que poseía grandes extensiones de tierra en diversas partes de su país. Sus estancias eran inmensas. A una de ellas, con una hermosa casa patronal, forrada de mármol, a base de chicanerías jurídicas, había conseguido añadirle unos miles más de hectáreas. Y estaba dispuesto a defenderlas con mano de fuego.
Para ello tenía contratados a unos 40 franco-tiradores, que para entrar a su servicio habían tenido que demostrar que con un fusil de asalto FAL eran capaces de pulverizar un ladrillo a 300 metros de distancia. Cada año acribillaban impunemente a todo campesino que se atreviera a violar los sagrados límites de su latifundio.

Fuera de sus propiedades había hambre, campesinos sin tierra que soñaban con comer las migajas que caían de la mesa de Epulón. Pero las ráfagas de los FAL, escuchadas a lo lejos, les encogía el corazón y les paralizaban las piernas. Conocían además por experiencia la impunidad total de Epulón, que era un senador muy influyente. Y en el Congreso de su país casi todos los legisladores eran terratenientes…

Pero subió al poder un gobierno con algo de compromiso popular. Y los campesinos se animaron a organizarse y a querer ocupar un pedazo de las tierras que Epulón se había apropiado ilegalmente. Tenían esperanzas de que la justicia con el nuevo gobierno funcionara decentemente. Así lo esperaban los campesinos y así lo temían los terratenientes.

Epulón y sus congéneres se volvían locos programando cómo atajar la insinuada reforma agraria. Sus inmensas posesiones, muchas de ellas ilegales, corrían peligro si prosperaba el incipiente gobierno popular. Había que destruirlo, de golpe certero y definitivo. Planificaron crear una conmoción nacional, que ofuscara a todo el mundo, y en medio del oscuro torbellino, de un contundente golpe parlamentario, destituir al presidente y de rebote a todos sus colaboradores.

Y así fue. Epulón y sus congéneres aprovecharon la entrada pacífica de  unos 70 campesinos en sus tierras ilegales. Lo planificaron bien. Cuatro veces más policías que campesinos. De repente, un gran tiroteo. Y en 3 minutos, 17 muertos. ¿Quién inició el tiroteo? ¿De dónde procedían las ráfagas?  ¡Gran confusión! ¡Angustia nacional!

Epulón, en su estancia, tras el monte, escuchó con placer las ráfagas de sus FAL. Sus francotiradores, ocultos en el monte cercano, según lo planeado, habían iniciado con éxito la masacre, acertando tanto a policías como a campesinos. Confusión total.  Llovieron balas por todos lados, sin poder especificar quién mató a quién… Lo único claro es que los que no tenían balas, que eran los campesinos, no pudieron matar a nadie…

Enseguida, según lo planificado, los poderosos medios de comunicación incriminaron a los campesinos y al incipiente gobierno popular. El presidente era el culpable de la masacre. Y en dos días, aprovechando el terrible trauma social provocado, el Parlamento lo destituyó… Y tras de él fueron saliendo todos sus colaboradores, algunos de ellos altamente competentes y honrados.

Tras el golpe parlamentario, para justificarlo, se inició un juicio fraudulento contra algunos de los campesinos y campesinas que habían participado en el intento de ocupación. Fiscales y jueces, ocultando pruebas contundentes, se mostraron siempre partidarios de condenar “ejemplarmente” a los campesinos, para que nunca más se atrevieran a ocupar ni un pedacito de las inmensas propiedades sagradas. Lanzaban negras cortinas de humo para que no se pudiera aclarar la verdad de los hechos, pues ello acarrearía graves consecuencias políticas, invalidando la destitución del incipiente gobierno popular.

Pero el dueño “gua’u” de aquellas tierras manchadas de sangre, Epulón, no pudo disfrutar de su planificado éxito. La angustia le corroyó el corazón. Una voz interior le repetía machaconamente: “Necio, no mereces seguir viviendo. ¿De qué te sirven tantas tierras acumuladas? En menos de un mes te llegará la hora de la verdad y tendrás que dar cuentas de tus avaricias y tus asesinatos”. Y así fue. Murió de angustia. Y se presentó ante el tribunal divino empapado en sangre inocente. No sólo la de los campesinos y policías masacrados, sino la de tantísimas personas que iban a sufrir miseria de nuevo bajo gobiernos altamente corruptos e impunes… Sin posibilidad de que nadie le defendiera, tras su muerte, “La Verdad” le repetía: “Ay de los que juntan casa a casa y campo a campo, sin dejar nada para los demás… Tus manos están manchadas de sangre…”

Los fiscales y jueces corruptos que se atrevieron a justificar la masacre y la destitución del Gobierno condenando a los campesinos inocentes, también un día se encontrarán tras las puertas de la muerte ante el juicio definitivo de sus acciones, sin posibilidad de coimas ni chicanerías: “Ay de los que convierten la justicia en algo tan amargo como el ajenjo… Malditos, porque tuve hambre y no me dejaron comer ni las migajas que caían de sus mesas…”

¿Y los colaboradores y los francotiradores…? Los que saben la verdad, y no se atreven a hablar… El gusano de la vergüenza les hocica su corazón podrido. Contemplan con cara de piedra la falsedad absoluta del juicio contra los campesinos, ellos que saben lo que pasó realmente. A algunos les duele su silencio cómplice. Pero saben que hablar públicamente supondría una muerte segura. La angustia de algunos de ellos es terrible.  Y empiezan a hablar “poncho güípe”…

Hay Dios, Dios de la Verdad y la Justicia, ingredientes básicos del Amor. Todo lo oculto quedará al descubierto. La Historia mostrará avergonzada esta nueva mancha que enluta al país. Lo podrido acabará pudriéndose del todo. Y de una manera o de otra, de sus cenizas surgirá la verdad.  Se acabará el poder del dinero. Triunfará la fraternidad… Habrá “tierra” para todos, en la que se podrá comer bien y en paz…

¡Un mundo nuevo es posible! Construirlo depende del compromiso de todos. El que tenga corazón para entender, sea consecuente… Dios está dispuesto a colaborar… Pero no con nuestras irresponsabilidades.

Escrito por: José Luis Caravias, sj.
Publicado: 12/07/2016

El autor

José Luis Caravias, sj.


Sacerdote jesuita, fue parte de la experiencia de las Ligas Agrarias Cristianas, movimiento en el cual estaban organizados campesinos y campesinas para hacer frente a los embates de la pobreza y de la dictadura estronista.

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